Beatriz Lorza

Cuando hablamos de higiene dental nos viene en seguida a la memoria por nuestra formación profesional el cepillado, el hilo o la cinta, los cepillos interproximales, etc. El mercado nos ofrece hoy un gran número de instrumentos para realizar una higiene dental exhaustiva, pero ¿cuáles son los mejores?, ¿cómo podemos determinar cuál es el más eficaz para cada paciente? Partamos de la base de que no hay instrumentos malos, pero también de la certeza de que no siempre los utilizamos de la forma más correcta.

De entrada, siempre hemos de plantearnos que si no encontramos dos dientes iguales ni hay dos bocas iguales ¿cómo se puede generalizar la educación bucodental del paciente, teniendo en cuenta que es único, y que tiene sus propias especifidades?

Hagamos un poco de historia. En tiempo de los romanos se utilizaban distintos artefactos para la limpieza, como trozos de tela, con los que se frotaban los dientes. Pero no fue hasta mucho más tarde cuando se tuvo conocimiento de la existencia del cepillo de dientes; según la ADA, el cepillo dental fue creado en 1498 por un emperador chino que puso cerdas de puerco en un mango de hueso. Luego los mercaderes que visitaban China introdujeron el invento entre los europeos, pero su uso no fue común hasta el siglo XVII. Por aquel entonces, para mondarse los dientes se usaban plumas de ave y mondadientes de bronce o plata. Pero la introducción del cepillo como elemento de higiene fue muy lenta e incluso a principios del siglo XX tener cepillo de dientes era cosa de ricos, hasta que en 1930 aparecen los cepillos de plástico, antecesores de los que hoy utilizamos.

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