Este mes estrenamos una nueva sección en Gaceta Dental. Se trata de la sección “Explorando el mundo”. En cada número publicaremos un reportaje sobre un destino (país, ciudad, zona…) de cualquier lugar del mundo, en el que se describirán algunos de los lugares más interesantes relacionados con el mismo, además de sugerencias y consejos que puedan orientar a nuestros lectores sobre el destino referido. Con ello pretendemos proporcionar una visión amena de algunos lugares del planeta, que por una u otra razón pueden resultar atractivos para el lector. Esperamos y deseamos que disfruten de la sección.

El país de la sonrisa
Así reza el sinónimo de este nuestro primer destino, ubicado en el corazón del Asia milenaria.

Pocas cosas habrá en el mundo como la impresión que recibe el viajero al llegar a Thailandia.

Un mundo exótico, en el que lo ancestral y lo moderno se conjugan en una simbiosis única.

Nuestro recorrido por Bangkok, capital del antiguo Reino de Siam, nos introducirá en una cultura que, si bien nos es por principio lejana y extraña, curiosamente no nos hará sentir extranjeros.

Probablemente esa perenne sonrisa, presente en los rostros de sus gentes, o esos coloristas anuncios de Pepsi, situados entre templos de más de mil años de antigüedad, nos resulten cercanos y esa incomodidad emanada de lo desconocido para cualquier viajero, aquí se vea tan diluida que, nos permita pasear por las abigarradas calles de Petchburi Road o Silom Soi, contemplando los escaparates donde se exhiben desde los últimos modelos de corbatas de Hermés, a las auténticas sedas chinas o indias, junto a primorosas tallas de madera de teca traídas desde los poblados indígenas del Norte.

Esa sensación de cercanía a las gentes se acentúa más si cabe, cuando en nuestro afán consumista, te eternizas regateando durante horas en los cientos de puestecitos callejeros, donde puedes adquirir las últimas novedades de moda francesa o italiana (auténticas imitaciones, por supuesto) por unos miserables 100 baths, a pesar de que el idioma, barrera infranqueable, el que se dirige la vendedora mas se parezca al maullido de un gato que a un verdadero lenguaje.

El recorrido por los cientos, o quizás miles de templos budistas que salpican las ciudades, nos acercará a una antigua cultura que se traduce en el fervor con el que los personajes de toda condición se aproximan a hacer su ofrenda diaria al Buda de Wat Tramit, de cinco toneladas de oro puro, o, simplemente, las flores que diariamente depositan ante el pequeño altar que cualquier casa posee en la puerta de la misma, para que el espíritu de la familia les proteja durante la jornada.

Bangkok por otra parte recibe su personalidad del sistema de canales en el que vive inmersa. Las corrientes por las que fluyen multitud de lanchas que sirven a parte de la población como vivienda, transporte o lugar de comercio, y que en el idioma thai reciben el nombre de klong, hizo que antiguamente a esta ciudad se la conociera como la Venecia de Oriente.

El recorrido en barca nos permite conocer "esa" otra forma de vida, quizás no tan lujosa como la nuestra, pero sí más auténtica y libre.

Aproximadamente a 80 km de distancia por hoy ya una buena carretera, está el mercado de Mnaduen Saduak, que al igual que el Wat Sai son los dos más populares, puesto que abastecen de alimento a buena parte de la población. Son los mercados flotantes, lugares de reunión y charla, especie de palafitos entrelazados que potencian el contacto humano.

Son largos canales en los que ya de madrugada van alumbrando uno de los acontecimientos diarios más vitales, el intercambio de comida y especias. En ellos cientos de barquichuelas rebosantes de mangos, papayas, pifias, bananas, grosellas, entremezcladas con los exóticos colores de las orquídeas, lotos y linos. O bien enigmáticos tarros de especias o amarillentos tallos de bambú se reflejan y cruzan el agua en un reposado acto para comprar, vender y chalanear en lo que es el comienzo de un día más.

Por la noche el comercio y la vida se concentran en Path Pong o Suriwonge, donde el guirigai es absoluto. Aturde. Allí están todas las imitaciones del mundo, desde los relojes Cartier o Rolex a todos los complementos y artículos que este pueblo sabe copiar a la perfección para que el turista occidental satisfaga su ego.

Pero Thailandia no es solamente Bangkok. Cuando nos trasladamos hacia el Norte, donde la civilización no ha podido afincarse aún, podremos revivir parte del trayecto que los prisioneros hacían entre la jungla en el "tren de la muerte" que todavía sirve de transporte y que nos conduce lentamente para atravesar el mítico puente sobre el río Kwai.

O bien llegaremos en barca hasta los poblados que rozan el Triangulo de Oro, una tierra "de nadie" donde las fronteras se diluyen con sus eternos enemigos, los birmanos, y que subsisten gracias a un saber que se pierde en la noche de los tiempos: el cultivo de la amapola, flor primigenia en la elaboración del opio y base de su economía familiar.

Pueblos que no trafican con su saber y que viven pobremente, pues únicamente elaboran ese producto para uso en farmacopea, a excepción de una pequeña cantidad que guardan para consumo propio. Gentes con costumbres ancestrales como las de las mujeres jirafa, detenidas en una belleza incomprensible para nuestra mente racional.

La exuberante vegetación oculta las plantaciones de cáñamo.

Pero no podemos olvidarnos del mar que acaricia todo el litoral, con unas aguas tan especiales que junto a las caprichosas formaciones rocosas o la arena deshecha en un polvo inmaculado aturden nuestros sentidos.
Playas como la de Pattaya o las lujuriosas aguas de las islas Phi Phi, tantas veces plasmadas en el cine, convierten este rincón del mundo en algo difícilmente descriptible.