El doctor José Municio Torres, Premio Santa Apolonia 2006 del Ilustre Consejo General de Colegios de Odontólogos y Estomatólogos de España, es un hombre afortunado convencido de haber llegado, profesionalmente, adonde tenía que llegar.

Nunca ambicionó reconocimiento alguno, no persiguió premios ni condecoraciones. Considera que son sus amigos quienes más han creído en él y los que le han catapultado a los cargos más importantes.

En esta entrevista declara emocionado que “Si me siento orgulloso de algo es de haber tenido muy buenos amigos que se han portado maravillosamente conmigo”.

Pregunta. ¿Qué ha representado para usted la concesión del Premio Santa Apolonia, el mayor reconocimiento de la odontoestomatología española?
Respuesta. Para serle sincero, le confesaré que no me lo esperaba.

Cuando se instauró este premio, acabábamos de dejar el Consejo el doctor Gallástegui y yo, él era presidente y yo vicepresidente. Él se encontraba muy mal de salud y estábamos esperando que se recuperase un poco, que experimentara una ligera mejora, para poder entregarle el premio, porque se encontraba ya en una situación de considerable deterioro físico.

Después, este reconocimiento se lo han ido dando a varios amigos míos, con lo cual he acudido muchas veces a su entrega por compañerismo, y eso hace que le tenga un especial cariño. Sin embargo, nunca pensaba que finalmente me lo iban a conceder también a mí.
P. Sin embargo, al recibir el galardón, usted confesaba que no le parece meritorio recibir premios, ¿por qué?
R. En mi opinión, se exagera un poco con la importancia que se le concede a los premios. Incluso hay personas que se fijan como meta la consecución de un galardón. Luchan por él y si no lo reciben se llevan un tremendo disgusto. Eso es algo que a mí nunca me ha preocupado. He sido ambicioso, pero de otras cosas; nunca me ha atraído brillar o destacar. He preferido esforzarme en trabajar porque me gustaba y disfrutaba haciéndolo.

No puedo decir que no haya recibido el galardón con alegría y con cariño, pero tampoco es algo que considerase vital.

Me enteré de que me habían propuesto de manera accidental y el mismo día me llamaron para notificarme que me lo habían concedido.
P. En su larga trayectoria, destaca la labor docente. Ha sido usted profesor adjunto de la Cátedra de Odontología de la Escuela de Estomatología de la Facultad de Medicina de Madrid. ¿Cómo y cuándo surgió su vocación por la enseñanza?
R. Esto es algo que tampoco perseguí, pero me vino. Considero que he sido un hombre con mucha suerte en general: sin buscar nada he recibido de todo. Si, por ejemplo, ingresé en el Colegio de la Primera región fue porque me lo ofrecieron, no porque yo lo solicitase. Si luego, en el Colegio, fui vicepresidente con el doctor Pacios, fue por lo mismo: él me propuso para el cargo como condición sine qua non para que él aceptase la presidencia. Lo que quiero decir es que las cosas me han venido rodadas, sin yo buscarlas.

Pues con la enseñanza me pasó lo mismo. Terminé la licenciatura de Odontología y un profesor, el doctor García Fernández, que me había cogido mucho cariño, me propuso que me quedara como profesor de clases prácticas en el curso siguiente. Y así fue como llegué a la escuela, sin comerlo ni beberlo y recién licenciado.
P. ¿Qué le ha aportado de positivo la docencia?
R. La enseñanza tiene momentos muy gratificantes. Recuerdo una ocasión en que, participando en un congreso, se me acercaron dos jóvenes recién licenciados para darme las gracias por cómo me había portado con ellos en la escuela; y no había hecho nada especial. Sólo querían agradecerme lo que les había aportado. Aquello fue muy emocionante, me valió por todo el congreso. Fue un gesto muy bonito por parte de dos alumnos con los que no tenía ninguna relación especial.
P. Si le dieran a elegir entre enseñar y aprender… ¿qué preferiría?
R. Las dos cosas son útiles.

La docencia, con ciertas limitaciones, es muy agradable, y el aprendizaje para mí también lo es. He tomado cursos de todo, aun estando ya formado, porque siempre se saca algo en limpio.
P. En esta profesión, ¿se termina alguna vez de aprender?
R. Nunca. Continuamente aparecen técnicas nuevas. Los implantes, por ejemplo, a mí me cogieron en su iniciación. Tomé algunos cursos y prácticamente después me jubilé. Nuestra profesión, como todas las que tienen que ver con la salud, requiere de una formación continua.
P. ¿Cuáles son los recuerdos que atesora de su etapa como vicepresidente, en la junta del Ilustre Colegio Oficial de Odontólogos y Estomatólogos de la Primera Región?
R. Era una junta muy agradable. En esa época, la economía del Colegio iba muy mal; entonces, cuando nos reuníamos una vez a la semana cada vez pagaba uno una botella de whisky para poder tomar una copa juntos. Éramos un grupo de amigos, de los cuales la mayoría tristemente han desaparecido. Nos llevábamos muy bien y de ahí surgió algo que ha tenido una gran importancia en mi vida, el grupo de estudios de la Fundación del Amo. Trajimos a dos americanos para que nos dieran un curso en la Clínica de La Concepción y, al terminar, en la cena homenaje a ellos, les comunicamos que al año siguiente les volveríamos a invitar. Entonces, nos propusieron que, en lugar volver a venir ellos fuéramos nosotros allí. Y dicho y hecho, empezamos a cotizar desde ese momento, hicimos el viaje e incluso dimos la vuelta al mundo.

En principio fuimos a Los Ángeles un grupo de 14 profesionales. Nos recibieron y nos trataron muy bien. El decano, un hombre entrañable, comía con nosotros cada día en la escuela y tenía muchos detalles.

Realizamos cursos de todo tipo. Incluso nos pusieron un profesor que empezó a impartirnos el abc de la Odontología. Yo ya estaba de profesor y, claro, le dijimos que eso lo teníamos ya superado. Nos lo cambiaron rápidamente.

Los cursos fueron estupendos.

Aprovechando que estábamos allí, al acabar los cursos nos dimos la vuelta al mundo. En total, 52 días de viaje.
P. En el Congreso Mundial de la FDI, celebrado en Madrid en 1978, formó parte del Comité Organizador, con un considerable éxito, superior al esperado.
R. Un éxito tan grande que ni siquiera lo esperábamos. Estaba Fraga de ministro y era quien se ocupaba de los actos sociales. Nos reunimos con él y le transmitimos nuestra preocupación acerca de cómo alojar a los congresistas, si es que acababa por venir tanta gente como se auguraba. Nos dijo el número exacto de plazas hoteleras que había en hoteles de tres y cuatro estrellas y tuvimos que contratarlos depositando un dólar por habitación reservada. Al final conseguimos ocupar todas las habitaciones recabando un tremendo éxito.

Fue cuando inauguramos el Palacio de Congresos, y recuerdo a Fraga, que había sido embajador en Londres, charlando y atendiendo a los congresistas extranjeros. Causó una magnífica impresión.
P. Más adelante, tuvo el honor de ser nombrado representante de la profesión en el Comité Consultivo de Bruselas junto a su amigo, el doctor Ignacio Gallástegui. ¿Qué es lo que le aportó este nuevo cometido?
R. En primer lugar, la sensación de sentirnos poco valorados, poco considerados.

En esa época nos encontramos con el problema de que venían titulados de Hispanoamérica a ejercer en España con unos currículos muy malos. Cuando surgió el tema de la nueva titulación de odontólogo tuvimos que ir el doctor Gallástegui y yo a Bélgica y asistimos a unas cuantas reuniones para intentar solucionarlo. Lo cierto es que era muy poco lo que podíamos hacer porque, en el resto de Europa, España no estaba nada considerada, éramos un cero a la izquierda en todos los aspectos. Alemania era la que pagaba los gastos mayores de la Comunidad y, en consecuencia, era la que llevaba la voz cantante. El representante alemán daba y quitaba la palabra… Lo que nosotros podíamos hacer era más bien poco.

Yo era estomatólogo y creía que la Estomatología era importante, sin despreciar a los odontólogos, a quienes consideraba compañeros a todos los efectos, pero les faltaba formación médica que yo creo que es importante. Mi desilusión vino cuando se abrieron las puertas y se equiparó el título de odontólogo al de estomatólogo.

Yo que he vivido la práctica hospitalaria, me he dado cuenta, por mi experiencia, de que el odontólogo se encuentra disminuido, le falta “fundamento”. Porque un estomatólogo es médico.
P. El Colegio de la Primera Región le otorgó la Medalla de Oro al Mérito Colegial. ¿Quién le propuso y por qué?
R. Me propuso el doctor Bascones. Curiosamente, aunque teníamos una relación correcta, no éramos íntimos amigos y, por ese motivo, me llevé una gran alegría al enterarme de que él me había propuesto, no sé si merecida o inmerecidamente. No soy un fuera de serie, sino una persona normal y corriente.

En el fondo, lo más gratificante que tiene nuestra profesión son los pacientes particulares. La mayor alegría es sentir que éstos te estiman y te valoran. Por ejemplo, cuando los enfermos te demuestran su confianza contándote problemas que van más allá de su padecimiento físico, distinguiéndote así con su amistad.
P. Sin embargo, ese nivel de confianza que existía hace unos años entre médico y paciente está desapareciendo
R. Yo recuerdo como muy habitual que la madre de una paciente viniera a invitarme a la boda de su hija. Todos estos detalles se han perdido porque se ha degradado la familia, hay otro ambiente totalmente distinto. Antes la familia era el núcleo principal de la sociedad, pero ahora se ha venido abajo.

La propia sociedad se está degradando cada vez más como consecuencia de esto.
P. No podemos olvidar su ejercicio profesional durante más de 21 años en el Servicio de Estomatología del Hospital Universitario de La Paz, que usted considera le ha enriquecido mucho, por el contacto con otros especialistas.
R. Teníamos un contacto muy íntimo, hablábamos de nuestras distintas especialidades, compartíamos nuestros problemas mientras tomábamos un café.

Nos contábamos si habíamos tenido una operación difícil, por ejemplo, y resultaba muy enriquecedor tomar contacto con otras especialidades que tú sólo conocías de pasada, era una forma de vivirlas un poco en el hospital. Tu punto de vista se enriquecía también con nuevas opiniones, puntos de vista diferentes…
P. En su opinión, ¿cuáles son los principales valores que debe tener un buen odontólogo o estomatólogo?
R. Lo primero es la humanidad, acercarse al paciente y hacerse partícipe en la medida de lo posible no del dolor pero sí del problema que tiene el ser humano que acude a ti. Y tratar de aconsejarle lo mejor posible, no sólo desde el punto de vista científico o médico, sino, en ocasiones, incluso moralmente.

En nuestra profesión también es igual de importante la honestidad y no pensar sólo en el interés, en el dinero. Es mejor ganar lo que es justo pero quedar satisfecho del trabajo realizado.

En mi caso, me he encontrado con pacientes que han venido a mi consulta a pedir un presupuesto que a lo mejor en aquella época podía ascender a 200.000 pesetas. Y yo pensaba inmediatamente: a este hombre, oficinista, si yo le cobro esto me llevo el sueldo de dos o tres meses. Y eso me hacía rebajar el presupuesto automáticamente. A él no le decía nada, claro, para no ofenderle.

Lo fundamental es hacer un buen tratamiento, pero hay que tener en cuenta otros factores, como la economía del paciente.
P. Si tuviera que resumir los principales éxitos en su vida, ¿cuál o cuáles pesarían más?
R. Si me siento orgulloso de algo es de haber tenido muy buenos amigos que se han portado maravillosamente conmigo (y yo con ellos, claro). En mi vida la amistad ha tenido un gran peso, en todos los sentidos. Muchas de las cosas que he logrado, como premios o cargos, las he conseguido sin proponérmelo, gracias a mis amigos.

Llegué a La Paz porque el doctor Martínez Verdú me eligió para que me fuese con él. Y me escogió entre muchos profesionales, por amistad, aunque no dudo que también me escogió por mis virtudes, por mi forma de actuar, etc.
P. En el lado opuesto, ¿hay algo que le hubiera gustado lograr y no haya conseguido?
R. Creo que he llegado adonde tenía que llegar. No me ha quedado nada por conseguir, nada por lo que sintiera grandes ansias. He procurado mejorar día a día en mi profesión, alcanzar un buen nivel en mi ejercicio profesional y proceder con honestidad. Y nada más.